#EDITORIAL ¿Qué fue de aquello que se llamaba hombres (mujeres) de Estado?

"De lo que hablan, unos y otros, es del relato, del bendito relato. Como si alguien con dos dedos de frente pueda construir un relato único a 50 años de violencia"
ETA 1

Estamos demasiado saturados de adjetivos grandilocuentes, de acontecimientos únicos e históricos, de partidos del siglo que suman varios cientos en lo que llevamos de siglo, de situaciones irrepetibles repetidas al día siguiente, de una inmediatez mediática que acaba por saturar. Por eso, cuando saltaba la noticia del anuncio del desarme total por parte de ETA se me suscitaron dos ideas básicas.

La primera, alegría por dar un paso adelante para dejar aún más atrás la barbarie sufrida por este pueblo durante más de 40 años. La segunda, no caer en la sobreactuación y tener muy, muy, muy claro que el paso más importante lo dio ETA el 31 de julio de 2009, cuando decidió dejar de atentar el día que se cumplía el 50 aniversario de su fundación, y un día después de celebrar la efeméride de la forma más macabra posible; asesinando a dos guardias civiles en la localidad mallorquina de Calvia.

Después llegó el anuncio del cese definitivo de la violencia en noviembre de 2011, pero lo fundamental fue aquel día que escucharon el clamor del pueblo al que decían defender y cesaron de sonar las metralletas. Fuera el que fuese el motivo que les llevó a la decisión, los relatos son y deben ser múltiples, también hay dos evidencias claras. ETA no sigue el ritmo lógico de los humanos y en Madrid hay instalada la pared de un frontón que, sin ninguna altura de miras ni categoría de Estado, está más pendiente de no perder 300 votos en Socuellamos que acabar de una vez por todas con un problema que ha generado demasiado dolor y sufrimiento, aunque se pierdan los 300 votos de Socuellamos.

José Luis Rodríguez Zapatero, al margen de filias y fobias, si actuó como un hombre de Estado cuando el 29 de junio de 2006 anunció con luz y taquígrafos lo que todos sus predecesores hicieron con anterioridad desde las catacumbas, a pesar de que lo negaran no tres veces, sino hasta el infinito. Pero no ha sido a Zapatero al que le ha tocado gestionar el final de ETA, sino a un PP instalado en el inmovilismo puro y duro para satisfacer graneros electorales y amansar a los más furibundos.

Por eso, ante el anuncio de hoy realizado a través de gentes de movimientos civiles de Iparralde, no podía menos que saltar la carcajada cuando los teletipos escupían valoraciones de unos y otros. Lo inigualable, digno de cualquier capítulo surrealista de El Chapulín Colorado, es cuando desde el PP bramaban que lo que tiene que hacer ETA es desarmarse y disolverse. La verdad es que no entendía muy bien que parte de desarme no entendían, aunque si, no nos engañemos, sabía perfectamente de lo que hablaban.

De lo que hablan, unos y otros, es del relato, del bendito relato. Como si alguien con dos dedos de frente pueda construir un relato único a 50 años de violencia. A cientos de asesinados, heridos, extorsionados, torturados, amenazados, exiliados, humillados. Alguna mente lúcida decía, no hace mucho, que nuestra generación no tiene que aspirar a la reconciliación, sino a la convivencia. Que hay demasiado barro para aspirar a mucha floritura.

Por eso, ante el anuncio de la entrega total de las armas por parte de ETA con carácter unilateral y definitivo, lo que echo en falta son dos hombres, o mujeres, de Estado en Madrid y en París, que con absoluta discrección y dotes diplomáticas faciliten y verifiquen que lo que anuncia ETA es cierto y fiable. Medios y capacidad tienen de sobra y la disposición de los cientos de ciudadanos de Iparralde que se han comprometido, jugándose el bigote, no les va a faltar. Lo que dudo es que hoy en día existan esos hombres ni en un Madrid empeñado en construir un único relato de vencedores y vencidos ni en un París con un Gobierno en descomposición y con una amenaza interna de colosal calado. Simplemente, que imiten la disposición de los Gobiernos vasco y navarro, ya que son ellos quienes tienen la competencia.

ETA, primero, debe desarmarse y ETA, después, debe disolverse. Sin contrapestación alguna y cuanto más rápido mejor. Es de perogrullo. Y la izquierda abertzale debería tratar de no construir tampoco un único relato a su conveniencia. Da la sensación que les cuesta dar determinados pasos, de hacer determinados reconocimientos, de verbalizar en público lo que hace tiempo dicen en privado. Como si cualquier paso en este sentido fuese dar munición al enemigo represor. Cuando quien quiere oír que todo lo ocurrido fue un error, una barbaridad y, sobre todo, una inutilidad, no son los poderes fácticos ni las fuerzas represoras que anidan en Madrid, sino Arantza la panadera, el obrero de la CAF o las dos mujeres que iban a limpiar locales con escolta porque eran militantes del Partido Socialista. A esa gente es a la que hay que dirigirse. Sobra mucho tacticismo y falta mucho patriotismo. En ambos lados.

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